Allí estábamos parados uno frente al otro, debajo de un cielo intensamente azul… frio… ventoso. Con aquella estúpida rendija en el suelo que nos separaba unos 6 metros. Sin poder abrazarnos, sin poder besarnos.

Después de meses de intenso chat, Whatsapp, Instagram, Facebook, y cuanta cosa nos permitiera conectarnos.  Habíamos acordado conocernos en “Asshau”, que según las leyendas piute era el sitio del corazón en la tierra, el sitio donde el amor verdadero se ponía a prueba.

La verdad es que el nombre del lugar no me hacía ningún sentido, aquello era lo más inhóspito que había visto en mi vida. Hasta donde alcanzaba la vista, no había nada sobre el terreno, solo piedras dispersas en un suelo árido y agrietado. Coño… y encima con aquella rendija en medio del terreno, creo que hubiera sido mejor llamarle “el culo del mundo”.

Cuando llegamos  comenzamos a saltar de alegría y a lanzarnos besos a la distancia. Pasados esos minutos iniciales empezamos a buscar desesperadamente a nuestro alrededor algo que nos permitiera salvar la distancia… los jodidos 6 metros. Nada… allí no había ni alacranes.

Caminé hasta el borde de la rendija y mire hacia abajo, estaba profunda y medio oscura, pero me pareció ver huesos en el fondo.

Alena me gritó:
– ¿Qué haces amor?
– Nada… le dije. Solo quería ver si había alguna posibilidad de llegar hasta donde estás bajando y subiendo por las paredes de la rendija, pero no puedo precisar cuán profunda es, tampoco puedo ver muy bien las paredes.

Alena comenzó a caminar hasta el borde y le grité:
– Ten cuidado Lena, te puede dar vértigo.

Me senté en el mismo borde con los pies colgando hacia el vacío, Ella hizo lo mismo. Nos quedamos mudos, pero nos mirábamos intensamente… Me levanté de súbito, creo que ella se asustó. Agarré una piedra, me separé unos metros del borde, hice una línea en el suelo con la piedra, caminé unos 6 metros y marqué otra línea. Tire la piedra. Ella me miraba y me dijo:

– Sí mi amor, eso es… yo confío en ti, yo sé que tú lo puedes hacer.

Me voltee y le tire un beso…

Me separé unos 20 metros de la última línea, tomé aire y comencé a correr con todo lo que tenía… pegué un salto y… apenas sobrepasé la mitad de la distancia entre las líneas. Me levanté y di una patada en el suelo. No quise ni mirarla, aunque ella hacía más ruido que un estadio olímpico repleto de fanáticos.

Me separé un poco más de la última línea, y eché a correr como un demente… pegué el salto, y sentí como el viento me sacudía a su antojo… bang… bang… ostia… esta vez no llegué ni a la mitad… empecé a dar patadas a cuanta piedra encontraba.

Estuve probando fallidamente unas diez veces, finalmente volví al borde de la rendija y me senté otra vez. Estaba todo sucio, arañado, cansado, vapuleado, y con un genio que podía matar una mosca a cien metros de distancia con solo mirarla!?…

– Ay Amor… no te pongas así, me dijo ella.

Me tiro un beso y empezó a mover las piernas, el viento le levantó el vestido y pensé que iba a salir volando por los aires… ella se río pícaramente… me miraba y no paraba de tirarme besos… que linda se veía.

Parece que yo tenía una cara de esas que espantan hasta a los muertos, porque ella no paraba de hablarme y reconfortarme.

– Sabes… le dije, si te fijas bien, allá abajo hay huesos, parece que más de uno falló la prueba del amor verdadero de este sitio.

Ella echó un vistazo rápido al fondo y me miró con los ojos desorbitados.

– Ay Amor… no quiero que te pase nada malo, a lo mejor podemos regresar en otro momento y venir mejor preparados para este encuentro.

La mire sin pronunciar palabra alguna.

– Por favor amor, tranquilízate. Tal parece que vas a llorar… me dijo ella.

– No, no y no… le dije. Los hombres no lloran. Los hombres saben llevar los pantalones bien puestos…

– Los pantalones, los pantalones… quítate los pantalones amor, gritó ella.

Sentí como si el cerebro hubiera hecho catarsis con su brillante idea…

– La ropa, la ropa… quítate la ropa, le grité mientras me sacaba el jean, la chaqueta y la camisa.

Ahora si… Ahora si… repetía yo una y otra vez. Era una escena surrealista, estábamos casi en pelotas y mirándonos con unas ganas tremendas de…

Le dije que hiciera un rollo con el vestido y la chaqueta y que le pusiera unas piedras adentro para que el viento no lo arrastrara fácilmente. Ella hizo dos bultos separados y me los lanzó.

Amarré una pata de mi jean con una manga de mi chaqueta, a continuación la chaqueta de ella, después mi camisa y su vestido. Caminé hasta donde estaban las líneas y medí el engendro de cuerda. Era un poco más larga que la distancia entre las líneas, así que le amarré mi cinto al final.

– Ahora siiiií… grité.

– Yayyyyy… Yayyyyy… gritaba ella como una loca.

Caminé de vuelta hasta el borde, me senté y me saqué las medias. Las rellené con piedras y las amarré a la pata libre del pantalón.

La miré y le dije:

– ¿Lena cuánto pesas?

– ¿Por qué amor… me veo gorda?

No me pude contener, solté una carcajada…

Las mujeres son como la mecánica cuántica tienen un instante de brillantez y después son pura incertidumbre!!!…

– 120 libras… dijo ella y soltó una risotada.

– Bueno pues creo que la cuerda puede soportar tu peso. Si tú crees que puedes agarrarte a ella y saltar lo hacemos.

La mire, tenía los brazos cruzados al pecho y daba pasitos cortos, temblaba…

– Dime Lena… ¿lo hacemos?

– Tengo miedo, dijo ella.

– Yo también, le grité, pero creo entender ahora el propósito de este sitio y de la leyenda. Si podemos vencer esta prueba juntos no hay nada, ni nadie que pueda vencernos, solo la muerte, esa es la prueba del amor verdadero.
– Te amoooooo… grité.

– Yo también te amoooooooo… gritó ella.

Enrollé la punta del cinto en mi mano izquierda, Agarré las medias llenas de piedras, enrollé un poco la punta libre de la cuerda…
– ¿Lena estás lista?

– Estoy lista mi amor.

Esperé un momento a que el viento cediera y le lancé la cuerda, sentí un tirón salvaje en el brazo izquierdo, creí que el viento me iba a arrastrar con todo aquel invento como si fuera un cometa.

Una de las medias se rompió y las piedras casi la golpean en la cara. Ella estiro los brazos, dio un salto y agarró la cuerda… Ufffff… gracias al señor.

Alena comenzó a acercarse al borde. Pegué un grito:
– Espérate… siéntate, agárrate bien y cuando saltes debes procurar mantener la cuerda entre las piernas como mismo haces en el gym cuando te pones a escalar la soga a pulso. Mantén los pies hacia delante y no mires para abajo. ¿Entendisteee?

– Sí amor, estoy lista, contamos hasta tres y salto.

– Lena… Te amooooooooooo… Voy a contar hasta tres. 1… 2… 3…

Por un instante la cuerda perdió la tensión, pensé que se había partido y empecé a tirar frenéticamente… El tirón me arrastró casi al vacío… Tenía las manos en la chaqueta de ella… Un grito y algo que caía…

– ¿Lena estás bien? Grité desesperado.
– Síííí… se me cayó un zapato.

Moví la mano derecha por la cuerda y halé… halé… halé… halé… La sentía moverse, podía verla aferrada a la cuerda y con los ojos mirando hacia arriba, al cielo.

– Lena, no te sueltes hasta que yo te agarre.
– Sííí… gritó ella.

Las manos de ella estaban ya casi en el borde, halé con todo lo que me quedaba de fuerza… Ella estaba con las manos estiradas y el pecho apoyado en el borde, el resto del cuerpo aún estaba en el vacío. La agarré por las dos muñecas, me senté, y dejé caer mi espalda en el suelo mientras la halaba, ella trepaba por encima de mi cuerpo…

Dejó caer la cabeza en mi pecho… le solté las manos y la abracé. Estuvimos así una eternidad!? Le di un beso en la cabeza, ella se arrastró un poquito más sobre mi… me dio un beso en la barbilla… un beso en la boca… WOWWWWWWWW…

Nos abrazábamos tan fuerte que era difícil decir dónde empezaba uno y terminaba el otro. No queríamos hablar, solo estar así para siempre, aunque estuviéramos llenos de polvo y arañazos.

– Amor tengo frio, me dijo ella.
– Si, mejor nos vamos antes que llegue la noche, le dije.

A duras penas nos levantamos. Otro beso… Otro beso… Caricias… Me zafé el cinto de la mano y eché la cuerda a un lado. Ella se apretaba contra mí y yo la acariciaba, la besaba.

Sentimos un ruido, como de alas, nos volteamos y quedamos mudos mirando como el viento se llevaba nuestra ropa volando, era como si Asshau se resistiera a aceptar nuestra victoria.

La cargué en mis brazos y eché a andar.
– Uyyy… que frio dijo ella.

Paré… me quité el calzoncillo. Ella parecía hipnotizada mirando… la cosa!!!

– ¿Pero qué haces tonto…?

Tuve que reírme… Le puse el calzoncillo sobre el pecho para que se abrigara. La volví a cargar y salí caminando. Ella no se pudo aguantar, me dio un ruidoso beso en la mejilla…
– Eres lo máximo mi amor, musitó ella a mi oído.
– Lenaaaaa… no hagaaas eso que se me para hasta la respiración.
– Jajajajaaa. Otro beso… Te quiero, mucho, mucho, mucho…

Paré otra vez. La miré y le di un beso de esos que sacan el aire… Sentí un golpe agudo en las nalgas, como si me hubieran dado una patada en el culo, después un tortazo en la cabeza… Abrí los ojos, estaba tirado en el piso de mi dormitorio…

– Me cago en la ostia, que me he caído de la cama… pero que putada, justo cuando se estaba poniendo buena la cosa, me cago en…

Buzzz… Buzzz… Buzzz… Buzzz…

– Pero a quién se le ocurre llamarme a esta hora…

Buzzz… Buzzz… Buzzz…

– Joder… A ver dónde está el puto teléfono…

Metí la mano debajo de la almohada y agarré el móvil. Era Alena.
– Lena… pero qué haces despierta a esta hora.
– Ay amor, por qué te fuiste.
– Cómo que me fui, de dónde…
– Mi amor estaba soñando contigo, que me llevabas cargada en brazos, me diste un beso y desapareciste… Ay amor fue lindo, pero cuando me soltaste me caí de la cama.
– Jajajajaaaaa…
– Mi amor no te rías que me dolió.
– Pues no me lo vas a creer, estaba soñando eso mismo y también me caí de la cama, aquí estoy todavía tirado en el piso.
– Ay amor estamos conectados hasta en sueños, que lindo, y ahora amor… qué hacemos ahora…
– A la cama… vámonos de vuelta a la cama Lena. Vamos a terminar lo que comenzamos. Un besote… Hasta mañana.
– Hasta mañana mi amor… besossss.